Tres supuestos

González Contreras Juan Carlos.


TRES CONSIDERACIONES SUPUESTAS


La mismidad del pensar y el ser / Lo ente y la representación / Concepto, pensar y tiempo

Difícilmente puede haber un sólo fondo que excuse o explique el gesto de un proyecto de investigación filosófica. Siempre son muchos los supuestos que asoman y, como preguntas o criterios, alientan y guían el pensar. Si no hay un sólo fondo, al menos cabrá diagnosticar relevancia y primacía. Expongo a continuación las cuestiones y tomas de posición que, supuestas, encaminan, orientan y limitan el desarrollo del tema en que me pongo.


I
LA MISMIDAD DEL PENSAR Y EL SER

En algunas pocas sentencias puede depararse el preguntar filosófico dentro del cual pueden comprenderse las posiciones que preveo desarrollar como tesis:
.
1) Parménides: Lo mismo es en efecto percibir (pensar) que ser.
2) Aristóteles: El alma es, en cierto modo, todos los entes.
3) O. Paz: Cosas y palabras se desangran por la misma herida.
.
Pero, conocer es cierto innovar y aumentar. Un descubrir lo oculto, o un ir de lo falso a la verdad. Y, como “de la nada, nada”, si pensar y ser son lo mismo, ¿desde dónde y a dónde algo habrá de llegar a ser o habrá de arribar una verdad? ¿De dónde? ¿Cómo?
.
La novedad o el aumento se toman como síntoma (como evidencia) de la no coincidencia del ser y el pensar o del ente y el alma.
.
El ser es más extenso que el pensar y los entes están afuera del alma. Lo oculto “ha de ser”, la verdad “ha de ser”, aunque no los conozcamos, aunque no sean pensados. No es lo mismo ser que pensar, ni el alma es los entes. No son co-extensivos, pero son extensivos. Entre el pensar y el ser, entre el alma y los entes, ocurre un tránsito y explanación entre extensiones, son visitaciones.
.
Conocer es theooréoo: mirar, observar, inspeccionar; como echarse a andar por recóndita región para tomar nota de cómo es ella en su conjunto. Si resulta que conocer no es tan fácil como mirar, si conocer es arduo y difícil, es porque el camino por andar no es llano y breve: requerimos decidir pasajes y tender puentes: méthodos.
.
El ser y la verdad es algo a lo que se accede por método. Así, el pensar llega a encontrarse con la cosa. El pensamiento llega a adecuarse a la cosa. Ahí la verdad, meta del pensar. Aristóteles.

*

Con Heidegger, vuelvo a repensar la mismidad del ser y el pensar. Pienso, pregunto conviniendo con su rechazo del esquema tradicional del “sujeto-objeto” (alma-ente, pensar-ser):
.
Para que el conocer y la proposición que lo enuncia puedan ajustarse a la cosa, y antes, para que la cosa misma pueda vincularse a la proposición, la cosa misma debe mostrarse en cuanto tal.[1]
.
Esta necesidad de “previa” mostración era apuntada y ya desarrollada en la tesis del conocimiento como reminiscencia de Platón (conocer es recordar, reconocer). Y también se expresa en el análisis de la memoria (y del espíritu y el conocimiento) que, en libro X de Confesiones, hace San Agustín.
.
(…) ni yo mismo puedo comprender todo lo que soy. De manera que el espíritu es demasiado estrecho para poseerse a sí mismo. Pero entonces, ¿dónde está lo que de sí no puede abarcar? ¿Estará afuera de él y no en él mismo? ¿Cómo es, pues, que no lo abarca? Esta cuestión despierta en mí gran admiración y me sobrecoge de estupor. (Cap. VIII)
.
(…) Cuando la memoria misma pierde una cosa, como acontece cuando nos olvidamos y buscamos para acordarnos, ¿dónde la buscamos, en última instancia, sino en la memoria misma? Y si acaso ahí se ofrece una cosa por otra, la rechazamos hasta que se presente la que buscamos. Y, cuando se presenta, decimos: “Esto es”. Cosa que no diríamos, a menos de reconocerla, ni la reconoceríamos a menos de recordarla. (Cap XIX)
.
No hay salto. Lo que hay es cierta continuidad o movimiento, que no requiere calificación de “interno” (no externo). La relación del ser y el pensar es interpretada en términos de relación interno-externo porque no se comprende “bien” el tiempo (ni al lógos).[2]

*

A esas vamos, pues. Por ello, sobre esa base, inauguro el proyecto de tesis asumiendo esta llana declaración: Hablar y pensar es hablar y pensar algo (que es).
.
Todo hablar y pensar es hablar y pensar algo que es. Todo lo hablado y pensado es[3].
.
Pero es claro: Solicitamos la posibilidad de operar un deslinde dentro de “lo que es”: si todo decir o pensar es “decir ser” o “pensar del ser” ¿cómo entonces ocurre pensar y decir lo que no? Ya que solemos oír y decir lo que no, y damos por hecho la posibilidad y efectividad de lo falso. Y en buena medida, esta expectativa y reconocimiento de “lo que no” o “lo falso” mueve o acompaña al aumento y novedad del conocer.
.
Dado que todo pensar o decir es “decir ser” o “pensar del ser”, a Parménides se le ocurrió también que era impermisible pensar y decir que no, negar ser, como un “decir-pensar del no-ser”. Ahí nos deja parménides (hasta ahí hay que acompañar al padre).
.
Lo que sigue, es lío nuestro, pues: dado que decir-pensar puede ser “decir-pensar ser lo que no”, el ser de “lo dicho-pensado” queda confiscado bajo la sospecha de violentar la ley. Y se entiende entonces a “lo que es” (ya distinto pero relativo a “lo dicho-pensado”) como el reservorio del ser al que “lo dicho-pensado” meramente aspira.
.
Pero la distinción entre “lo dicho-pensado” y “lo que es” no precisa decidirse en términos de un “es” o “no es” absoluto(s) atribuible a lo “dicho-pensado”. No necesariamente se ha de mantener, respecto a “lo dicho-pensado”, la expectativa de absoluto(s) “es o no es” atribuibles.
.
En todo caso, esa expectativa y atribución (del “es” o “no es”) es derivada de la atención al “ser de lo dicho” como “modo de ser de lo que es”. Atender el “ser de lo dicho” es atender el “modo de ser de lo que es”; “modo de ser” que es “alternativa de ser”.
.
Por ello, atender el ser de lo dicho conlleva la posibilidad de atender “alternativas de ser”, que permiten “decir de lo dicho” que “es de otro modo”, decir que es “alterado” lo que es, decir que eso no es así. He ahí la “restricción” que es la “negación” del “decir lo que no”. Y se ve en este embrollo que “alterar” (encubrir) y “reconocer” la alteración (reconocer la verdad) se co-implican.

II
LO ENTE Y SU REPRESENTACIÓN

¿Cómo hemos de nombrarles? ¿cosas, entes, fenómenos, objetos? Decir “ente”, “fenómeno”, u “objeto”, también caracteriza y orienta la caracterización de algo. No son modos del todo neutros o limpios de encarar las cosas.
.
Difícilmente las cosas pueden tener (como se especula si Dios) un verdadero nombre, una recta denominación. Y conviene ser circunspectos respecto a las advocaciones que invocamos, las opciones que adoptamos.
.
Ente” señala o sugiere algo en virtud de “ser”. Y a saber lo que por “ser” asumamos[4].
.
Fenómeno” señala o sugiere algo en virtud de “aparecer” o “mostrarse”. Fenómeno es lo que está o sale a luz, o lo que se aclara o revela.
.
Objeto” señala o sugiere algo en virtud de una “relación”.
.
Sobre estas incipientes caracterizaciones es posible suscribir explicaciones y enmiendas. Por ejemplo, explicar lo que quiere decir o no (lo que en algo busca destacar o no) “fenómeno”, o podemos explicar el ente según categorías.
.
Pero estas incipientes caracterizaciones ontológicas, no sólo son susceptibles de explicaciones y enmiendas, sino que ellas ya son explicaciones respecto a los términos no ontológicos con los cuales tuteamos a algo indeterminado (como “cosa”) y enmiendas respecto a los nombres que muestran qué específicamente son.
.
En la confección de caracterizaciones ontológicas prevalece, como explicación, la enmienda: “no es esto, no es lo otro, es meramente, puramente, llanamente esto”. Se tiende a lo llano. Se sume lo destacado destacando lo llano que no destacaba. Y en ello no está prometido que “lo no destacado” deba ser “lo común”, ni tampoco lo “fundamental”. A eso jugamos en ontología. Jugamos a contravenir esa contextura de énfasis-asunciones, en presunción de penetrarla hasta algo que se dice es-sirve de común-base.

*

Jugando ese juego, opto (¿qué nos queda?) por llamar a las cosas “entes” o “fenómenos”. Con ello no sólo procuro invocar a las cosas según su más “fundamental” y “neutro” aspecto o carácter (advocación); sino que, con ese reconocimiento, procuro venir a quedar en perspectiva de atender a la voz peculiar y joven (ya no “comprensible de suyo”) de las cosas. Esa obra opera la ontología. Se advoque algo como “ente” o como “fenómeno”, conviene a la labor ontológica el reiterado reconocimiento de lo provisional de estas advocaciones, que buscan traernos (abandonarnos balbuceantes) a cierta perspectiva (de las cosas como abandonadas reclamando).

*

Llamar a las cosas “entes” no debe autorizarnos o imponernos reconocer en todo “sustancias”. Como tampoco llamar a las cosas “fenómenos” debe autorizarnos o imponernos reconocer en todo “aspectos”. Ni el ser debe ser inmediatamente reconocido como substancia, ni el énfasis como eidos.
.
Si el lenguaje (o el pensamiento) no nos permite eludir los “imaginarios” (el imaginario “óptico-formal” y el “conceptual-composicional”) para ver-captar otros modos que sean de ser; conviene reiterar este dolor frecuentemente.
.
A primera vista, no habría por qué sospechar de que todo “lo que es” sea representable, si no como visible, al menos sí como captable. ¿Por qué inconformarse y denunciar los fecundos imaginarios “optico-formal” y “conceptual-composicional”?
.
Pintemos un círculo (que es la extensión que teme la iniquidad de decidirse y se avergüenza de adoptar una forma). Y digamos si no: bien ejemplifica un ente, ahora bien una idea, ahora un concepto, ahora la conciencia, ahora el yo, ahora un caso, ahora una ocasión, el universo, una naranja.
.
Ahora podemos eslabonar todo ello con inclusiones y exclusiones, echando mano de todas las preposiciones.
.
Sin ironía, convengo en que ello es muy fecundo. Pero, atendiendo al “ser de lo así representado”, se puede “decir de lo representado” que “es de otro modo”, que “en cierto modo sí; pero, más bien,…”. Y por ello es fecundo tal esquematismo del pensamiento.
.
No hay que abandonar el esquematismo, sino aprovecharlo para sugerir o denunciar con mejor “claridad” y “precisión” lo que no es clarificable y precisable.


III
CONCEPTO, PENSAR Y TIEMPO

Siguiendo el esquema de la verdad como adecuación del pensar a la cosa, comúnmente se establece a la verdad en el “concepto-idea” y el “sistema-teoría” (como residiendo en la proposición y el texto, como artículos ya articulados), que son el “dónde” en que se alcanza o se ubica el “encuentro”. Conceptos-ideas y sistemas-teorías llegan a ser comprendidos o como la meta donde la verdad es conquistada de una vez por todas, o como fruto-momento de antecedentes frutos-momentos de la verdad.
.
Hegel se decidió por reconocer la necesidad de los momentos, situando a la verdad en el culmen del proceso continuo. Tanto el proceso como el culmen tuvieron en Hegel la cara del concepto y del sistema. Los momentos se comprenden como consecución de sistemas y conceptos.

*

Personalmente, recelo del concepto y del sistema. Pero mi actitud crítica hacia conceptos y sistemas es antes un sentimiento que yo diría rencor: Por una parte, la sabiduría y erudición (que no tengo) me ofende; por otra parte, el olvido (que me come) me deja sin palabras, sin frases, sin paginación, sin contextos y sin aparato crítico.
.
No sobrevive el poeta al poema, ni el filósofo luego que la verdad parpadea.
.
Consuela creer que el olvido, hemisferio oscuro de la memoria, nos guarda, si no los dichos (como hechos), al menos sí sus sugerencias-proyecciones.
.
De momento, vamos a creer que los conceptos y el sistema (o algo “tocante” a ellos) subsisten (en lo profundo) y persisten (ahora mismo). Y, por ahora, dejemos a la memoria sin pretender aquí comprenderla. Creamos, pues, que los conceptos subsisten (en cierto sistema) tras el ocaso de la ocasión durante la cual ocurre pensarles.
.
El punto es este: ¿qué consuelo habrá en dicha subsistencia (del concepto y el sistema) si no hubiese, en la ocasión, poder para sustraerle de su hipotética estancia, para asistirnos con pertinencia (esto es: que la ocasión propicie la incorporación, en la comprensión, del saber en la ocasión propicia)?
.
Luego, no me amparo al concepto, sino a la potencia propiciatoria, alusiva y atinante, habida en la ocasión.
.
Esta “ocasión” que tiene la potencia propiciatoria, donde se decide lo advenidero, es lo que se dice… “noción”. Una pequeña pero demandante Providencia.

*

Una de las voluntades de mi proyecto de tesis es el mantener en ella el uso de la palabra “noción”, tan usual o vulgar, y ahí cuidarla.
.
Como introducción de un anterior ensayo, advertía lo siguiente: Pretendo pensar las nociones; nociones como esas que decimos tener cada vez que el pudor o la prudencia nos priva de decir "sé" o "según el concepto". Cada vez que reconocemos el “aun no” de la ignorancia o el “apenas poco” del olvido.
.
Hay varias acepciones en las que se usa o dice “noción”. Lo que he estado llamando “noción” no es la “comprensibilidad de suyo” de algo consabido que no notamos que lo sabemos. Lo que he estado llamando “noción” es esa “ocasión” en que, detenidos y con la boca abierta, sufrimos la necesidad o vocación de decir. Ese momento de alzar la mano para decir, sin certeza de lo que se dirá, a punto de retractarse de tal empresa.
.
Lo que llamo noción es el pensar. Pero el pensar sufriendo o experimentando la circunscripción.
.
Buscar lo “siempre ya previo” es una búsqueda inherente a la filosofía. Pero esto pide atender también ese “siempre ya” que es el “siempre ya arribar-caer al peculiar caso u ocasión”.
.
La noción es el mientras (mientras-donde, el entonces) del pensarse algo. La noción es el pensar circunscrito. Esta circunscripción no es la cláusula del concepto. La noción es pensar circunscriptor.
.
La noción es lo que se da en llamar un horizonte. Pero este horizonte ni es la claridad de la exposición de la noción como tema ya desarrollado, ni es la totalidad de lo oscuramente consabido, ni la suma de ambos. En relación a la oscuridad del océano de sentido consabido o porvenir, la noción es un breve y presente claroscuro de sugerencia-proyección que ni es calcado ni concluido-clausurado por la proposición, pero que la emprende.
.
La noción es, digamos, el horizonte mínimo. Aunque estimo inapropiado querer arribar a lo mínimo, como proponiendo el átomo. ¿Cuál es el metro de este minimalismo, de este atomismo? Provisionalmente (para fines de ensayo), he usado a la elección respecto a la frase y respecto a la palabra como el metro en torno al cual “observar” (mero intento) la contextura de ese mientras que es la noción. De momento, caracterizo a la noción como ese entorno y duración donde se sugiere-proyecta “algo”, donde se sugiere-proyecta la frase o el término, en la circunspecta operación de la explicación o la enmienda, en la operación de traducir una solicitud o réplica. Y preveo el fracaso del ensayo.

*

Dado que la noción sufre y aspira a la claridad de lo dicho, es fácil comprender a lo dicho como el “télos” de la balbuceante noción. El concepto es la “causa final” de la noción, su plenitud. La noción es verdad en defecto. Debemos recordar que somos aristotélicos. Recordemos y reconozcamos también aquí la distinción de potencia y acto, que es la respuesta aristotélica al problema del tiempo.

*

Hegel reconocía la necesidad de los momentos, pero esos momentos no eran otra cosa que otros sistemas u otros conceptos consecuentes. En este caso, mi deseo es reconocer la necesidad de “el momento”, pero un momento no como secuencia de conceptos, sino el momento cuyo “contenido” es la sugerencia, cierta oscilación y continuidad a la que luego intentamos analizar y aprender distinguiendo “unidades de sentido” en los rastros que el pensar siembra: los discursos, las frases, las palabras (y ahí los sistemas y conceptos).

*

Recordemos también ahora la vieja noción del “nous”. En origen, el nous es percepción, intuición. Pero pronto se hizo acopio del término nous para referirse a un modo peculiar de intuición: la intuición intelectual, como distinta de la intuición sensible o aìsthesis. La noción del “nous” es el reconocimiento de que el ser, el pensar, la verdad, ocurre. Pensar es dejar que se nos ocurran cosas. Los pensamientos son ocurrencias. Criticar y justificar las ocurrencias, también es una ocurrencia. El lógos antecede, nos queda a espaldas, a oscuras, es Mnemosine, la memoria, madre de las Musas. El nous es ese sufrido y frágil don de la lucidez (alusividad y pertinencia). El lógos mana, permea, permanece, amanece. Brota, afluye, acontece. La expresión es un rastro-seña con la que la lucidez trabaja y encamina una voz-vigor secreto.



[1] Heidegger. M., El origen de la obra de arte, en Arte y poesía, p.84
[2] Personalmente, aun no lo comprendo.
[3] Y dejemos de lado, de momento, la cuestión de si sólo lo “hablado” y lo “pensado” “es”; hasta que decidamos qué entenderemos por “pensar” y “hablar”, y alumbremos con ello un poco el modo de ser de aquello a lo cuál no del todo convendría ser llamado pensar y hablar; mereciendo, si lo hay, u otro nombre o una enmienda sobre lo que entendemos por esos términos.
[4] Por ejemplo, asumo que “ente” es “participio del verbo ser”, lo que participa de “la acción de ser”. Pero eso “participar” ya es una opción registrada en el cuño del término “participio”. Es una acción sustantivada. Es una actividad que, como cualidad, puede tomar parte en un sustantivo. Así, el ser puede comprenderse como atribuible, depositable: atribuimos “entidad”, como cierta unidad y extensión-cupo. Luego ya no decimos de algo que “es”, sino que “tiene entidad” y que, en virtud de tenerla, le caben demás atributos o contenidos. Del reconocimiento del “ser”, como cierto “acto”, a la atribución de la “entidad”, hay un breve trecho.

-----------------------------

-----------------------------

-----------------------------
------------------------------
------------------------------
------------------------------

No hay comentarios.: